lunes, 23 de septiembre de 2019

En renglones torcidos

Se me torcían los renglones siempre que intentaba dibujarte. Me temblaba la línea en tu boca, perdía definición tu mirada... se intensificaba tu ausencia en cada línea curva que el lápiz se negaba a trazar. Tu boceto se me escapaba entre los dedos, mientras tu pelo rebelde jugaba con las líneas difuminadas de mi memoria y me enredaba en el brillo de tu melena despeinada.

Al vaivén del tren que no cogiste, arrancaba las hojas de mi diario donde no podía dibujarte y con ellas resquebrajaba mi mente, perdiendo el matiz de tus lunares tímidos o la posición exacta de tu ceja levantada al mirar embelesada el cielo de algún parque atardeciendo.

Mis pinceles se trenzaron y no quisieron ya mojarse en el salitre de tu añoranza, pero su silueta aún me recuerda tus desvelos, abrazada a la almohada para no despertarme, sin saber que eras mi lienzo favorito, aunque nunca cupiste en un cuadro.

Ningún pintor sabrá jamás qué patrón esconde la paleta de tu risa, ¿cómo iba a descubrirlo yo, que solo te tuve unos meses en sueños y nueve años en la memoria?

No dejaste ningún rasguño que supiera a tus besos, ni una triste caricatura de tamaño carnet donde reposar la imagen que se coló en mi cristalino...

Tú que juraste dejar marcado tu reflejo en el espejo del salón, que tenías el don de aguantar en un cualquier cristal sin mácula mi verso.. Tú que prometiste quedarte y no faltar, siendo siempre la primera en la guarida, a la espera de esa visita que sabías que haría aunque dijera que hoy no...

Faltaste a todas tus promesas menos una, y es que no te encuentran mis bolígrafos y pinceles, no te describen mis líneas y no apareces ya entre renglones... Pero jamás dejarás París vacío de tu paso, porque cada luna llena que ilumina la Torre Eiffel, se posa en tu obra maestra y el mundo te contempla sin saberlo, te alaba sin mirarte y se hacen canciones de amor en tu penumbra.

Y me pregunto si fui la única a quien volviste loca o quedan aún artistas tratando de encontrarte entre los barrotes fríos de aquella ilusión óptica donde conseguiste hacer refugio en cada tormenta.



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