Cuando los juegos de infancia
se mezclan con las ganas de crecer,
con la ilusión de encajar...
siendo tan diferente como el resto.
Cuando se nos enredan en la lengua
temas contradictorios
y luchamos por creernos originales,
con miedo a no ser parte del todo.
Aprendemos demasiado rápido
a reírnos de nuestros sueños,
para que no vean que en el fondo
seguimos siendo ese niño pequeño
que lloró con la muerte de Mufasa.
Algo cambió en nuestro cerebro,
hizo un clic que ya no da marcha atrás
y olvidamos las princesas y los peluches
escondidos ahora en el armario
solo para emergencias.
Las camisetas rotas que pintábamos con barro,
se hicieron hoy trajes elegantes,
pantalones de rotos perfectos
y mochilas que definan
si pertenezco o no a este grupo.
Las mañanas desayunando entre risas,
hablando del nuevo proyecto del cole...
se empañan entre rápidas quejas
por un nuevo examen
o el consabido "tú no lo entiendes".
Decimos que todo va bien
y hasta nos convencemos de que así es la vida;
total, los demás hacen lo mismo
y dicen ser felices...
Con la edad perdemos autoestima;
bebemos si los amigos beben,
salimos aunque no nos apetezca,
pasamos por fases de música que luego nos avergüenzan
y dudamos de nuestras decisiones
si nadie más piensa parecido.
En este mundo en el que se premia la rareza,
en una generación que se jacta de su diversidad,
qué difícil es querer pasar desapercibido por ser único,
llevando el peinado de moda
y aparentando lo que todos,
en algún filtro de Instagram.
Por las historias que rondan tu mente. Por las ganas de cambiar el mundo. Por las rimas. Por la música. Por el arte... El primer puercoespín enamorado de las letras comparte sus cuadernos de poesía. Cuidado, puede ser muy dulce o utilizar sus púas.
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jueves, 16 de enero de 2020
jueves, 2 de enero de 2020
Preguntas
De pequeña preguntaba tonterías,
de esas que sólo importan a los niños
y a los locos.
Entre risas y sin pararse a pensarlo,
me callaban con otro cuento bonito
y algo de chocolate...
Unos años más tarde,
me llegó el mejor regalo que he tenido nunca;
un hada de bata blanca y seudónimo simpático
dejó en mis manos un poder
con grandes responsabilidades.
Así aprendimos a escribir,
me enseñaron a leer e imaginar,
nos animaron a soñar y reír a carcajadas.
Empecé a encontrar historias
en los lugares más recónditos,
a reordenar mi diccionario
para inventar nuevas palabras
y a manchar de chocolate todos los libros,
porque ya no había forma de callarme.
Ahora hablaban mis manos
más alto que cuando era niña
y volvieron las preguntas en cascada,
como quien rompe una presa
y espera con ansia el chaparrón.
Me dijeron que escribiera las respuestas,
que no dejara de buscar relaciones magia-efecto;
despertaron mi cerebro dormido
y dieron vida a los dragones de todos mis cuadernos.
Cuando creí hacerme grande,
dejé de preguntar porqué brilla la luna,
descubrí que el diccionario está pasado de moda,
me mordí la lengua en demasiadas ocasiones,
y escondí las alas de mis compañeros,
por precaución.
Pero no os dejéis engañar por mi portada,
no he olvidado ninguna de las preguntas
a la espera
de que un día os dejéis de cuentos y chocolates
y, al fin, deis con mi respuesta.
lunes, 16 de diciembre de 2019
Lucha ciega
Misma causa.
pero falla el medio,
las formas,
el lenguaje que esconde ideales inconscientes...
Nos falla el mensaje;
el significante se come al significado,
las voces se gritan sin parar a entenderse
y se pierde el diálogo
por falta de argumentos.
Entre tanto grito,
perdimos la esencia del comunicado,
nos recortaron demasiado el qué
y nos quedamos sin saber
el cómo, el cuándo, el porqué...
Tal vez,
no nos enseñaron a ponernos de acuerdo,
a escucharnos,
sin interpretarnos fuera de contexto.
Al final,
seguimos firmando con tachones
pero sin leernos...
Nos ponemos caretas,
nos unimos a luchas desconocidas,
nos irresponsabilizamos,
nos desentendemos...
Y al final las causas,
como siempre,
se quedan sin mácula,
pero sin cuerpo,
incomprendidas,
desamparadas,
perdidas.
Y nadie lucha batallas comunes,
porque nos empeñamos
en aferrarnos sólo a nuestro lado de la barandilla,
sin ver que el barco nos lleva
a todos
a la deriva,
hasta que alguien decida unir fuerzas
y remar contracorriente.
pero falla el medio,
las formas,
el lenguaje que esconde ideales inconscientes...
Nos falla el mensaje;
el significante se come al significado,
las voces se gritan sin parar a entenderse
y se pierde el diálogo
por falta de argumentos.
Entre tanto grito,
perdimos la esencia del comunicado,
nos recortaron demasiado el qué
y nos quedamos sin saber
el cómo, el cuándo, el porqué...
Tal vez,
no nos enseñaron a ponernos de acuerdo,
a escucharnos,
sin interpretarnos fuera de contexto.
Al final,
seguimos firmando con tachones
pero sin leernos...
Nos ponemos caretas,
nos unimos a luchas desconocidas,
nos irresponsabilizamos,
nos desentendemos...
Y al final las causas,
como siempre,
se quedan sin mácula,
pero sin cuerpo,
incomprendidas,
desamparadas,
perdidas.
Y nadie lucha batallas comunes,
porque nos empeñamos
en aferrarnos sólo a nuestro lado de la barandilla,
sin ver que el barco nos lleva
a todos
a la deriva,
hasta que alguien decida unir fuerzas
y remar contracorriente.
jueves, 5 de diciembre de 2019
Fracaso académico
Fracasar,
cada segundo,
porque nos tapáis los ojos
en vez de alumbrarnos el camino.
Nos enterráis entre herramientas obsoletas,
materiales oxidados,
técnicas... sin manual de instrucciones.
Y esperáis que entendamos en 10 días,
lo que no se ha descubierto en 200 años.
Si la historia está para aprender de ella,
¿por qué me haces volver al inicio cada día?
¿Cómo voy a ganar la carrera
si al cogerte el relevo
tengo que volver a la salida
y chocarme con las mismas vayas que tú has ido derribando?
Y tal vez sea culpa mía...
porque sí, me he cansado.
Me he cansado de estrellarme contra tus muros,
de que cambies el laberinto en cuanto me abro paso a la salida,
de ser tu rata de laboratorio y tu sujeto de pruebas,
de que me busques las taras, para asediarme con ellas.
No, ¡esto no es lo que he firmado!
Yo no te he dado permiso para utilizarme,
te he pedido una guía
para aprender lo que aseguras que ya sabes.
No soy tu juego de invierno,
si te pesan los galardones que te regalas
quítate el traje de intelectual
y actúa
como si fuéramos simplemente humanos.
Ahora que he superado tus trampas,
que me he librado de tu laberinto,
sólo quiero dejar atrás tus programas.
Y resulta que es hora de dar yo la lección,
y tu ejemplo
no es más que una idea
exacta, precisa y concreta
de qué es
lo que no se debe hacer.
cada segundo,
porque nos tapáis los ojos
en vez de alumbrarnos el camino.
Nos enterráis entre herramientas obsoletas,
materiales oxidados,
técnicas... sin manual de instrucciones.
Y esperáis que entendamos en 10 días,
lo que no se ha descubierto en 200 años.
Si la historia está para aprender de ella,
¿por qué me haces volver al inicio cada día?
¿Cómo voy a ganar la carrera
si al cogerte el relevo
tengo que volver a la salida
y chocarme con las mismas vayas que tú has ido derribando?
Y tal vez sea culpa mía...
porque sí, me he cansado.
Me he cansado de estrellarme contra tus muros,
de que cambies el laberinto en cuanto me abro paso a la salida,
de ser tu rata de laboratorio y tu sujeto de pruebas,
de que me busques las taras, para asediarme con ellas.
No, ¡esto no es lo que he firmado!
Yo no te he dado permiso para utilizarme,
te he pedido una guía
para aprender lo que aseguras que ya sabes.
No soy tu juego de invierno,
si te pesan los galardones que te regalas
quítate el traje de intelectual
y actúa
como si fuéramos simplemente humanos.
Ahora que he superado tus trampas,
que me he librado de tu laberinto,
sólo quiero dejar atrás tus programas.
Y resulta que es hora de dar yo la lección,
y tu ejemplo
no es más que una idea
exacta, precisa y concreta
de qué es
lo que no se debe hacer.
martes, 5 de noviembre de 2019
Alegato - Sin Editar
Es cierto señoría, ya no quedaban piedras en mi acera, no sé cuándo pasó, las usaban los niños para hacer sus torres y escondites.
El techo del palacio parece haberse derrumbado, lo admito, fue el peso de los escombros.
Quizá alguna piedra sí tiramos, quizá entre grito de auxilio y llamadas de socorro se nos escaparan un par de chinas, de esas que nos molestan siempre al caminar encorvados hacia nuestras prisiones selectivas de ocho horas diarias (como mínimo).
Lo asumo, magistrado, yo estaba allí día a día viendo como crecía su montaña, como se resquebrajaban los cimientos... Tal vez no oyeran mis avisos, puede que no quisieran escucharme o hicieran ver que no entendían mi acento... Ya ve usted, ¿qué tanto se diferenciará del suyo? si sus niños han jugado con los míos en el parque, y ni problema tuvieron para compartir los juguetes.
Pero eso fue antes, cuando Emma iba a recogerlos y el pequeño Juancho gritaba "mamá" a los cuatro vientos y se sacudía la tierra antes de despedirse de Carlos. Antes de que el señor Santiago nos viera en la acera de enfrente abrazando a nuestro precioso príncipe, todo engalanado con collares y con su vestido favorito, ilusionado por su cumpleaños.
No quiero pensar mal del caballero, ilustrísima, pero fue desde entonces que Carlos ya no pisa el mismo parque, ni puede volver a abrazar a su Juancho, jugando a las cocinitas en la arena bajo el tobogán.
Me admitiría culpable si de dejarles ser felices se me acusara. Incluso si me dijera que por mí son menos "machos" y perdieron agresividad. Firmaría mi sentencia ya mismo si se debatiera quién les dejó el maquillaje para decorarse las mejillas...
Pero, señor juez, no puedo culparme de lo ocurrido con el pequeño Carlos y el señor Santiago. Desconozco los motivos que llevaron al pequeño a hacer aquello, pero creo saberlos bien, y no los encontrarán entre mis paredes.
Siento que el palacio cayera y se quedase destrozado aquel despacho tan gris, de rojo oscuro y pequeños brillos dorados... Pero perder lo que significaba; ver al niño trotar feliz por la acera hacia mi puerta, sabiendo que lo recibiríamos con los brazos abiertos; escuchar cómo relata contento que su padre ya no lo separará de nosotras, porque se ha cansado de dejar la piedra en su tejado y ya movió ficha; volver a cocinar todos juntos después de tantos años sin verlo y hablar de la chica que le gusta y sus rizos alocados y ver cómo le han sentado los 12 años que tantos enredos le han hecho a mi niño... No, señoría, eso jamás lo sentiré, desmentiré, ni dejaré de valorarle ante nadie que pregunte.
Entiendo que el señor se enfade al ver que su hijo renuncia a lo que ha querido imponerle... Pero el juicio ha de cambiar de inmediato si pretende recuperar el tiempo perdido.
Así que me dirijo a usted, señor Santiago, ha ignorado muchas veces sus llamadas, pero aún queda una piedra en su tejado... Sé que Carlos estará feliz de explicarle lo que siente, si se para a escucharlo y deja de ponerle etiquetas despreciables a sus sueños... Porque le diré una cosa, si no cesa en su empeño, no dude que le ayudaremos a pegar todas y cada una de ellas, hasta formar unas preciosas alas que lo saquen lejos de su nido con efecto inmediato.
domingo, 27 de octubre de 2019
Sin Editar - Educa¿qué?
Creando esclavos,
entrando en sus reglas...
No des nunca tu opinión, sino mis ideas.
Responde a mis items,
cubre mis expectativas.
No quieras volar,
no sea que te pierda...
y me quede sin tus alas
para mis viajes de negocio.
entrando en sus reglas...
No des nunca tu opinión, sino mis ideas.
Responde a mis items,
cubre mis expectativas.
No quieras volar,
no sea que te pierda...
y me quede sin tus alas
para mis viajes de negocio.
domingo, 6 de enero de 2019
Si me atreviera a soñar...
Resultado de un taller de escritura creativa con Ana Wiya y Jorge de El silencio es miedo. Creación a partir del título de otro poema, en este caso, de Ana.
Si me atreviera a soñar,
los coches no volarían,
la paz seguiría siendo, tan solo, una idea utópica
y sí,
seguiría lloviendo y helando en invierno.
Si me atreviera a soñar,
conservaría la casa, la familia,
el perro, eso sobre todo,
pero los estudios no,
esos no me harían falta.
esos no me harían falta.
Si me atreviera a soñar,
tan sólo eso,
tan sólo atreverme...
No, no es lo que pensáis,
no es porque me falte imaginación
ni tampoco soy tan conformista.
Pero es que me falta el único sueño
que no puedo contaros...
Porque...
Cuando me atreva a soñar,
Cuando me atreva a soñar,
llegará el día en que nos demos cuenta
de que la educación
tiene que cambiar de bando.
Cuando me atreva a soñar,
mi profe será un niño
pequeño, bajito y de pelo enredado,
un niño de corazón lleno, manos vacías,
y una mirada
que diga más que diez mil libros de Santillana.
que diga más que diez mil libros de Santillana.
Cuando me atreva a soñar,
perderé el trabajo al que he dedicado mi vida
y dejaré de llamarme maestra.
Cuando me atreva a soñar...
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