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lunes, 16 de marzo de 2020

Mi espíritu animal

Decidí dejar de escribir para que otros ojos lo leyeran, de pensar en receptores que jamás hallarían paz en mi cabeza. Se me secaron las palabras en la punta del bolígrafo, asegurando que saldrían solo cuando diera un pedazo de mí en cada renglón torcido; cuando mi alma se atreviera a salir de su último rincón favorito; y mi niño interior volviera a jugarse la risa, rasgándose las rodillas en aquel parque de metal que hoy ya habrían prohibido. 

Recuperé mi sitio en la baldosa suelta de la habitación, sentándome como los indios mientras el aire de la ventana me abanicaba el pelo intentando hacer señales nuevas. Y volví a caminar con mi espíritu animal, feliz en la oscuridad de una noche solitaria, aullando a cada fase de la luna y conociendo las constelaciones como el mejor de los mapas de caminos. 

Resucité sin haber conocido a la Muerte. Me reencarné en mi yo pasado. Crecí avanzando de espaldas, retrocediendo camino... Pero esta vez, aprendí a respirar a mi propio ritmo.  




miércoles, 18 de septiembre de 2019

Microrrelato - Fugaz

Vino con la esperanza en los talones y un par de versos de más en la guantera. Perdida, apagada y confusa, fue haciéndose sendero entre batallas perdidas y acabó sonriéndole a los desconocidos para sobrevivir con su propio olvido. 



domingo, 28 de julio de 2019

En su nombre

Y de pronto el cielo se tiñó de nombres. 

Cada estrella acogió unos ojos, que brillaron como siempre y buscaron ávidos el guiño de ese polo opuesto que les llamaba día y noche. 

Notando el creciente cosquilleo, el frenesí que tiraba de mi cuerpo desde el pecho... fijé la vista al suelo, en un punto fijo entre las baldosas grises de esta ciudad desierta. 

Me anclé en semejante pose defensiva con las fuerzas temblando, pero inagotables. 

El viento trajo tu voz como un suspiro seco y sólo quedó una luz, ardiente y segura sobre mis miedos.

Sólo tú en el horizonte. Sólo tú entre nubes tiernas y rocío...

Pero contuve el aliento una vez más, e hice, a trompicones, oídos sordos ante el llanto de mis ganas, que bajo piel recitaban tu nombre como un mantra infinito.

Tu esencia enfermiza, de flores silvestres, tiñó el primer rayo de sol de la mañana... 

Cerré los ojos y de inmediato entré en tan aprendida guardia, negándome a regar tu huida y ahogándome en tu marcha.

No, no admití derrota, no lloré tu falta... 

Pero te perdí entre miles de luciérnagas con prisas, que hallaron su camino cruzado y emprendieron rumbo a su infinito. 

Y apagué tu contraluz grisáceo... rompiéndome de ti...















Hoy la aurora vuelve a teñirse de nombres. 

Hoy son mis ojos quienes te buscan en el brillo de otros cielos, sin encontrar descanso en el abismo de mi polo opuesto. Y sigo sin alcanzar tu ausencia. 

Hoy mis luciérnagas vagan sin rumbo, por tiempo atrás... por aquella noche...

Porque elegí forzarme a mirar al suelo. Porque te perdí entre nombres. 

Porque las estrellas ya no brillan con tus ojos.

martes, 4 de junio de 2019

lunes, 28 de enero de 2019

Cita a ciegas

Me gusta tanto su risa, sólo su risa… Me gusta más que nada en el mundo. Ella dice que nunca se ha reído tanto como conmigo. Miente muy mal, pero me hace sentir tan bien…


Recuerdo el primer día que nos conocimos: los nervios, las dudas, la inseguridad, me temblaban tanto las piernas que creí que no llegaría a la cita. Habíamos hablado por teléfono durante horas, durante meses… nos conocíamos a la perfección. Pero iba a ser tan raro hacerlo en persona...

-          ¿Cómo te reconoceré? – preguntó
-          Fácil: seré el que peor vista
-          No me hagas reír – bromeó al otro lado de la línea – seguro que vas muy elegante.
-          Yo sí sé cómo te reconoceré
-          Déjame adivinar; la más guapa del bar – Hasta yo sé que puso los ojos en blanco
-          Seguro que lo eres, pero yo no me fijaré en eso
-          Vaya… sorpréndeme entonces
-          Te reconoceré por tu risa
-          ¿Y si no me río?
-          Lo harás, tengo buen ojo… para los chistes – añadí conteniendo la risa.
-          Está bien, nos vemos en el bar entonces, pero por si acaso falla tu plan… seré la de la flor en el pelo.

No añadí más, sabía que ella no me había creído. Aún no sabía… bueno, lo mío. Pero confiaba en ella, y en mis oídos, reconocería esa risa en cualquier lugar.

Esa noche, entré al bar a en punto, guardé el bastón y, desde la puerta, pedí “una cerveza del tiempo…. Bien fría”.

Esperé. Oí muchas risas, algún comentario… pero no la suya. Empecé a preocuparme, pero fui hacia la barra cuando escuché cómo terminaba el grifo y un vaso de cristal descansaba con un ruido sordo sobre la vieja madera.
Justo cuando volví a dejar la caña en su sitio, con la mirada perdida, escuché en mis narices la risa que había estado buscando: esa risa dulce y callada a la vez.

-          ¿Julia?
-          Vaya, al final sí que me has reconocido por la risa
-          Te lo dije, tengo buen ojo – dije ocultando un poco la mirada
-          Los más bonitos del bar – añadió con la voz más cálida y sincera que he escuchado nunca
-          ¿No… de verdad no… no te importa?
-          ¿Importarme? ¡Claro que no! Dijimos que era una cita a ciegas, ¿no? Jajaja
-          Me encanta esa risa – admití, aún con las orejas rojas
-          Uffff Yo la odio, parezco una hiena
-          Mientes de pena
-          ¿Cómo lo sabes?
-          Te tiembla la mano derecha, siempre te pasa
-          Vaya… Esto… ¿lo has notado?
-          El mundo es muy distinto cuando no abres los ojos – sonreí, intentando guardar algo de misterio
-          Pues enséñamelo; vamos a dar una vuelta.



Paseamos por la orilla del río, por el parque de pinos y por el campo de romero recién plantado de la nueva rotonda. Ella me habló de los colores, las formas y sus rincones favoritos… Yo le conté cómo orientarse, cómo diferenciar los árboles por su olor, etc.

Y cuando fuimos a casa, justo antes de despedirse, me besó en los ojos:

-          Es lo que más me gusta de ti; me gusta descubrir tu mundo

Yo besé sus labios:

-          Es lo que más me gusta de ti; tienes la voz más dulce que he visto nunca

Fue, sin duda, la mejor cita (a ciegas) de mi vida.


jueves, 25 de octubre de 2018

Micro-Relato: Alerta


Que suenen todas las alertas y se acabe la calma; que cunda el pánico y desatemos las tormentas. No se trata de cuentos, sino de hacer historia.



domingo, 8 de abril de 2018

Punto Cero #Cienciaficción

Tenía un sueño absurdo y lo hizo real.
Andaba por las nubes y decidió quedarse.
Luchaba contra el miedo y se apostó el alma.
Iba a dejarlo todo y fue la número uno.
Ansiaba volar y creó el futuro.
Año 3520. Talía sigue siendo la mejor mente de la historia, tras crear su prototipo del limpiador de ausencias y sacar al mundo de su pesadilla.

Ambar dejó su ejemplar de "Cables de acero" y salió hacia su puesto. Abrió la puerta de la nave y recibió a los nuevos visitantes con una sonrisa:

Bienvenidos a Punto Cero, planeta de origen de Talía Selgerba.
A su derecha, las cámaras recoge-pasado. Al fondo, la niebla anti-dudas. Y aquí a mi izquierda, la máquina que cambió el mundo: las semillas de energía, para replant(e)ar la vida en La Tierra.
Que tengan un buen viaje y no olviden abrir la mente al futuro.

viernes, 6 de abril de 2018

Halcón Rojo #Cienciaficción


Al abrir los ojos, después de esa fatídica noche. Sintió su cuerpo romper sobre el frío granito. Cogió aire y levantó, como pudo, la mano que aún empuñaba el bastón de almendro. Intentó enfocar la vista en el viejo poster de los Kiss. Definitivamente era su habitación, tal y como la había dejado antes de salir de casa… Entonces… ¿había sido real?

Sentía las manos cubiertas de heridas, el corte del pecho ardía bajo el pijama y el bastón parecía tan real como lo había sido hacía apenas unas horas. Levantó las sábanas y miró su pierna derecha, si aquello no había sido un sueño, aún debería llevar las vendas de hojas de aloe protegiendo el ungüento “cogy” que había impedido que se desangrara en aquel campo rojo.

Por supuesto, allí estaba la venda, junto con los restos ensangrentados de su ropa y las inalterables marcas de su clan. “Eres un halcón rojo, no intentes huir de tu destino”, aquella fría voz, en un rostro tan negro como el mismísimo infierno. Esa… persona… había aparecido de la nada envuelto en llamas y había gritado su nombre… Fue una sensación tan…. ¿familiar? Juro que no lo había visto en la vida, pero sentía como si algo los uniera desde hacía muchos años.

Claro, que todo había pasado tan rápido... Seguramente, no fue más que una alucinación; un sueño extraño después de un golpe en el trabajo.

Apoyó el peso en la pierna izquierda y se ayudó del bastón para llegar al servicio. Vio su cara cubierta de polvo, su pijama rasgado, los cortes de las manos… y decidió que sería mejor darse una ducha. El agua ardía, dejando la piel al rojo vivo en lo que, supuso, pronto serían cicatrices. Siempre se había despejado con una buena ducha fría, pero algo desde su tobillo le empujaba a subir la temperatura.

Para su sorpresa, cuanto más calentaba el agua, menos dolían los cortes y… espera, ¿dónde estaban todos los cortes de sus manos? ¿Por qué ya no le ardía el pecho? Fijó la mirada en las vendas de aloe que se escapaban por el desagüe; tampoco parecían tener restos de sangre… No era posible, pero no había rastro alguno de cortes, arañazos ni quemaduras en todo su cuerpo.

Se enfundó los vaqueros de la silla, una camiseta cualquiera y salió de casa a toda prisa. Tenía que hablar con alguien, él sabría qué estaba pasando. Todo había empezado en aquella sala de tatuajes decrépita.

Ele buscó la tienda por cada esquina de aquel pueblucho, pero no encontró nada. No podía ser, lo había visto con sus propios ojos, había sentido las agujas, y aquella figura plateada brillaba en su tobillo como recién hecha.

Se fijó más en las líneas del dibujo, había algo que no había visto la noche anterior. Aquellas garras no eran una simple mancha en su piel, parecían unas huellas dactilares o algo así… Con sus venas, sus líneas…

Un segundo, Ele volvió a casa corriendo, de pronto comprendió algo que no podía ser cierto. Esas venas las había visto antes, no eran simples líneas al azar formando un dibujo. Eso era un… un circuito. No podía ser, pero no quedaban dudas, bajo la lupa de joyero de su padre estaba clarísimo; ¡le habían pintado un código electrónico en el tobillo!

Encendió el ordenador y buscó en internet, pero obviamente no encontró nada interesante; teorías paranoicas, conspiraciones, la revolución de las máquinas, leyendas antiguas…

Se acercó más al tatuaje, pasó la mano por encima para ver si había algún mecanismo y… De pronto volvió al mismo campo de la noche anterior. El terreno árido, un rojo brillante donde mirase, piezas de metal esparcidas por todas partes, marcas de explosiones, ese personaje que lo había llamado por su nombre…

   - ¡Ele! Menos mal que ya has vuelto, Ardnas está que trina por la pelea que causaste anoche, tienes que hablar con ella ya mismo

   - ¿Ardnas? ¿Y que yo empecé la pelea? Pero si ese animal casi me mata

   - Eso le he dicho yo, pero quiere verte a ti

Sin más, empujó a Ele sobre una tabla de hierro junto a él. De los laterales pronto salieron cristales y se cerraron en una media esfera sobre sus cabezas. La improvisada nave levitó unos kilómetros y frenó en seco antes de que Ele pudiera decir nada más.

   - Hemos llegado, yo te dejo aquí, buena suerte

Se abrió una puerta en mitad de una cantera y una mano tiró de Ele hacia su interior. Ardnas resultó ser una comandante de guerra que había conseguido desarrollar una tecnología inigualable. Al parecer la avispa que Ele había pisado sin querer la noche anterior era una de sus creaciones. También el holograma que escupía fuego y que casi lo quema todo, al parecer sólo defendía a la cría que Ele había aplastado.

   - Sé que toda esta información satura un poco así de golpe, tranquila, aquí estás a salvo. Marck lo ha explicado todo por ti, sólo queríamos darte la bienvenida

   - Ardnas, yo… sinceramente no entiendo nada de lo que me estás contando

   - Espera, ¿no te explicaron nada al hacerte eso?

  - ¿El tatuaje? Lo vi en la tienda nueva y decidí que sería un buen regalo de cumpleaños, siempre había querido un tribal, pero esto me llamó, no sé explicarlo

   - Claro que te llamó, es la llave a esta dimensión; Etram, tierra de la tecnología. Sólo la sangre de halcón acepta esa llave.

   - Halcón… eso dijo ¿Marck? anoche. ¿Qué… qué es?

   - ¿Los halcones? Somos los guardianes de este planeta. Tú nos creaste, ¿no te acuerdas? Has vuelto a casa, Ele, llevamos años esperándote

Ardnas tendió un viejo microchip a Ele y de pronto todo cobró sentido: Ella había creado ese mundo hacía 15 años, cuando le echaron de la fábrica porque decían que una mujer no podía ser ingeniera.

   - Entonces, ¿funcionó? ¿Sois… mis inteligencias autónomas?

   - Tus halcones, Ele, lo lograste. Bienvenida a tu mundo.

martes, 27 de junio de 2017

Mi primera vez - #HistoriasConOrgullo

Me miro al espejo una vez más. Alzo los brazos, arqueo las cejas, vuelvo a ponerle muecas a esa payasa que tengo delante. Nos reímos un rato juntas por lo escotado de la blusa que nos regaló la abuela.  

Me pruebo una de mis camisas, ya van cuatro cambios de ropa en media hora. Gana la camisa nueva, esa del grupo de moda de hace 20 años, negra por supuesto. Saco el collar de púa que conseguí en el concierto. Ahora sí.

Doy una vuelta, me miro el culo... Me empiezan a quedar grandes estos vaqueros. Mi cinturón de calaveras y arreglado.

Abro otra vez el armario (ironías de la vida), busco ese sombrero de rayas y por el camino alcanzo las converse. Me las ato con mis nuevos cordones de arcoíris, me pongo la mochila de Shane que me hizo a mano mi niña y le guiño el ojo por última vez al pivón del espejo. Cariño, estás hecha una bollera.

Salgo de la habitación más feliz que nunca y veo a mi madre en el salón, leyendo, como siempre.

- Adiós mami, voy ya a la estación, vuelvo en unos días.
- Pásalo bien en Madrid, cielo. ¡Ah! Y cuidaros San y tú, no estéis mucho de fiesta. 
- Tranquila que yo la cuido.
- ¡Qué orgullo de hija! Disfrutad mucho de vuestra fiesta.
- Gracias mamá, te quiero.
- Y yo a ti, muchísimo más.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Garabatos

Hablemos hoy de un amigo mío al que le pasó algo increíble; esta historia es cierta y puede pasarte a ti, así que atenta y déjate llevar por la historia de Leo, el grafista.

Leo era un chico alto, delgado, con algún que otro músculo definido y barba retocada de pocos días, tenía el pelo negro como el carbón y unos ojos color aceituna sobre los que destacaba un pequeño puntito negro en el iris izquierdo; nariz recta y pequeña, orejas algo puntiagudas y unas grandes manos siempre llenas de heridas. Leo era posiblemente el chico más guapo que hubiese visto y, por supuesto, el más simpático. Paseaba por las clases con un cuaderno en la mano, al que se notaba cómo iba perdiendo hojas con el paso de los días y cómo alguna nueva iba apareciendo tras la portada.

Siempre que le preguntaban por su libro, él decía que no eran más que garabatos, nada que mereciera la pena enseñar. Obviamente, yo no pensaba dejar que se saliera con la suya sólo por ser el más guapo del instituto, así que insistí cada día a la hora de comer en que quería ver sus garabatos.

A base de insistir (y quitarle algún que otro postre), conseguí que Leo posase el cuaderno sobre la mesa y lentamente, como quien abre el cofre de un pirata, me mostrase sus dibujos.

No tengo palabras para describir aquello, Leo creaba con una única línea que jamás llegaba a tocarse, auténticos personajes de cómic; superhéroes, villanos, personajes de películas… Todo lo que veía podría ser plasmada en aquellas hojas con líneas finas y colores primarios.

- ¿Me harías uno a mí? – Pregunté tímida sin apartar la vista del cuaderno.
- No puedo – dijo él sin más.
- ¿Por qué no?
- No sé qué dibujaré, me dejo llevar y el papel me va diciendo por donde seguir, no sé explicarlo mejor – Se encogió de hombros.
- Bueno, pues si alguna vez me dibujas, quiero verlo.

Sabía que era tímido con aquel tema, por lo que no quise insistir más, pero aquel dibujo me impresionó demasiado como para dejarlo pasar. ¿Cómo lo hará?

Pasaron los días y Leo me empezó a enseñar sus nuevos dibujos; cada vez había más detalles, pero todos eran de animales: libélulas, mariposas, erizos, arañas, leones, lobos, un puercoespín…

- ¿Por qué sólo dibujas animales? Yo vi tus superhéroes, eran una pasada. No me malinterpretes, esto es genial, pero ¿por qué sólo animales?
- No sé, me apetece dibujarte y cuando lo hago… bueno, eso es lo que sale.
- Jo, ¿y qué digo a eso? ¿Gracias? Son preciosos, en serio, pero no tienes que dibujarme a mí, dibuja para ti y yo lo veo luego, seguro que te lo pasas mejor… De eso se trata, ¿no?

Leo aceptó la oferta y volvió a pintar para él mismo, a mí me enseñaba los que más le gustaban y me regaló algún que otro animal más, un par de corazones, estrellas de cinco y siete puntas, trísqueles…

- ¿Por qué me regalas estos dibujos?
- Porque son tuyos
- ¿Míos?
- Sí
- No te gustan las palabras, ¿eh? – le guiñé el ojo – ¿una pequeña explicación?
- Cuando te conocí compré un cuaderno, todos los dibujos de ese cuaderno son tuyos, así de fácil.

Siempre me dejaba sin palabras, soltaba esas “bombas” y se iba a su maesa a seguir dibujando. Jamás me acostumbraría a ello, así que decidí imitarle; compré un cuaderno, le puse su nombre y empecé a dibujar. Nada de lo que intentaba tenía sentido, pero no me rendiría tan fácilmente, si acababa una hoja, pasaba a la siguiente. Pasaron los meses y yo había conseguido llenar más de medio cuaderno, a cambio él me había dado 45 dibujos, quería darle algo a cambio.

Miré detenidamente los dibujos de animales, todos se parecían en cierto modo… Miré mi cuaderno; líneas al azar, aparentemente. Volví a os dibujos. Mi cuaderno. Sus dibujos. Mi cuaderno… Mis ojos volaban por las hojas, empecé a seguir las líneas con la mirada, ¿dónde empezaban aquellos dibujos? Vi algo extraño…

Al día siguiente llevé a Leo a la mesa del aula de plástica, con la mesa más grande de la escuela, tenía que contarle algo.

- Mira
- ¿El qué?
- Tus dibujos
- Son tuyos
- Bueno, los que me has ido dando
- ¿Qué les pasa?
- Les falta algo
- Si no te gustan, sólo dilo
- No es eso, bobo. Sólo mira
- No veo nada
- Aggg mira que eres terco. ¿Cuántas hojas tiene tu cuaderno?
- 100
- El mío igual
- ¿El tuyo? – el pobre no entendía nada (aún)
- Sí, mira – le enseñé el cuaderno que había llenado de garabatos. 55 hojas llenas de dibujos.
- Pero eso no es nada, son sólo garabatos
- Así llamabas tú a los tuyos hasta no hace mucho
- Pero…
- Lo sé, no sé dibujar, bromeaba. Aun así, quiero darte el cuaderno

Leo miró mis garabatos y los suyos, giró la cabeza hacia mí y, al igual que había hecho yo hacía no tanto, intercaló la mirada de sus dibujos a mis hojas rayadas.

- No puede ser – dijo boquiabierto

Estaba claro que él también lo había visto. Colocó con cuidado sus dibujos en el centro de cada hoja, lo miró a trasluz… Aquello era algo.

- ¿Puedo? – Dijo señalando mi cuaderno
- Claro, es tuyo ahora

Arrancó las hojas con cuidado, las colocó en orden y formó un rectángulo.

- ¿Es todo lo que has dibujado?
- Sí

Pegó las hojas entre sí con algo de celo, miró sus dibujos y los fue poniendo por debajo, cuando creía que había encontrado su sitio, ponía una pequeña tira de celo por detrás. Unas horas después, teníamos una hoja de aproximadamente un metro cuadrado llena de celo y recortes de papel. Leo la levantó, yo le miré

- ¿Ahora lo ves?
- Es increíble
- Ya no son sólo garabatos, ¿verdad? – dije con cara de orgullo
- Nunca lo fueron

Frente a nosotras, contra la luz de las ventanas, nuestras inocentes líneas infinitas formaban la silueta de dos personas abrazadas, rodeadas de animales, con corazones enormes en el pecho y un par de tréboles de cuatro hojas en el cuello.



- ¿Es quién yo creo? – preguntó Leo con un brillo en la mirada
- Sí, es ella. Es el mejor retrato que nos podías haber hecho – le abracé

Leo agradeció mi elogio, me regaló el cuadro y se marchó, nunca volví a verle, pero de vez en cuando, cuando cojo un cuaderno y hago garabatos, recuerdo sus últimas palabras:

- Nunca dejes de soñarla, la vida, juntas, es infinita








Gracias a Juan Carlos Marek 
por las ilustraciones, espero que os gusten.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Azules...


Había algo en ella que me volvía loca; tenía la habilidad de dejarme sin palabras, a mí que no callo ni debajo del agua. Era algo especial, casi mágico, tan sólo una sonrisa y ya era suya, completamente suya, como una muñeca a su merced. Recuerdo el tacto de su piel, suave y frío como la antigua porcelana, sin un solo atisbo del paso de los años.

Solía perderme con ella, nos escondíamos entre cascadas y riscos de terracota, viajábamos de un mar a otro, buscando el lugar exacto para dar rienda suelta al animal salvaje que vivía en nosotras…

Un día, nos perdimos juntas en aquella playa y desde entonces no hemos querido movernos, nos quedamos congeladas… Hay quien lo llamaría un amor a primera vista… y es que Medusa tenía los ojos más azules, con los que jamás crucé miradas.


sábado, 10 de septiembre de 2016

Síndrome nocturno



Se apagó la luz y ella emergió de entre los árboles, como si la música de aquella naturaleza fuera el único grito de guerra que pudiera convocarla. 

Menguó la luna y salí de mi cueva, sólo a verla, como cada noche, esperando el día en el decida no salir.

Conté estrellas sin constelación y perseguí el último de los meteoritos. Vi cómo el cielo perdía el último brillo ante el resplandeciente regreso del sol y aparté la vista. 

De nuevo en mi cueva cerré los ojos, aullé en silencio y volví al duermevela de quien persigue un sueño que sabe que algún día se asomará en la noche a escuchar la voz del bosque cuando le quitan la mordaza.

Y como cada noche, lobo y libélula contemplaron el mismo amanecer, unidos sólo por el canto de esa luna que se atrevió a dar le brillo de sus alas a unos ojos cálidos, en un vano intento de unir a las dos especies más irreales de este lado del planeta.

“Están hechos de la misma materia, el problema es que no lo saben”…


martes, 15 de diciembre de 2015

Microrrelato - De pronto




Llegó de pronto, como una escueta viñeta en el periódico de la mañana; sin avisar, sin hacerse ver demasiado, sin inmiscuirse… También desapareció sin más, apenas dos o tres días después de “aquel momento” y no volvió jamás. ¿Cuánto duró su historia? Depende de a quién preguntes, como todo; para mí no fueron más que unas horas, para ella, toda una vida.

martes, 6 de octubre de 2015

El Robledal - Introducción

Ella nunca pidió razones para seguir adelante, tan sólo alguien que le cogiera de la mano y le acompañase a la salida. (...) El camino estaba oscuro y no tenía ni idea de a dónde le conduciría, pero estaba deseando averiguarlo, el único problema era decidir por dónde...

Os cuento, resulta que una buena amiga mía, conocida como Rubí (por su melena dorada), decidió esta mañana ir a visitar el bosquecillo que hay detrás de la facultad. No nos ha dejado acompañarla, porque decía que era una prueba de valentía para impresionar a no sé qué chico nuevo... El problema es que nadie sabe a dónde lleva el bosque o qué puede haberse encontrado allí y lleva más de cinco horas ahí metida. 

Vamos, que estamos muertos de miedo, pero no nos decidimos a ir a buscarla así sin más. ¿Que por qué? Muy Fácil, nuestros veteranos nos avisaron hace unos minutos de que nadie ha vuelto nunca del Robledal, al principio pensamos que era para meternos miedo, pero por alguna razón empiezo a creerles.

Por otra parte, Rubí es una de mis mejores amigas, así que no puedo dejarla tirada tan fácilmente... Está bien, entraré a buscarla... ¿Me deseáis suerte?

viernes, 10 de julio de 2015

La mente lo sabe - cap. 13


LA MENTE LO SABE
Una niña pequeña puede crecer, un árbol dar fruto, un animal morir, pero todos tienen una historia que contar, una vida (corta o larga) que narrar antes de viajar a otro mundo. Mónica contará su historia y nos introducirá al mundo de la belleza, a la destreza total de lo natural y a los secretos de la mente. Bajo la mirada y la protección de Shrilka, Mónica luchará por un motivo justo: volver a casa.



Capítulo 13 – El hielo del dragón

Shrilka no entendía nada, cuando Mónica había despertado lo había llamado ¿PAPÁ? ¿Qué se supone que significaba eso? No tenía sentido, y encima parece que es el único al que le sorprende…

-         Sharick, ¿qué está pasando?
-         Bueno, no lo sé de seguro, pero… creo que tengo una teoría que podría ser factible.
-     Maestrucha, déjate de chorradas y dime lo que estás pensando. Sé que habéis estado ocultándome cosas estos días para que no me preocupara, pero eso se acaba aquí. No creo que quieras ver a un dragón enfadado y esa pequeña humana que lleva una semana ocupando tu cama es lo mejor que me ha pasado en la vida y lo más importante que tengo, así que no juegues con su salud.
-       ¿Te crees que no lo sé? ¿A caso olvidas que también es importante para mí? ¿Qué cara crees que se me ha quedado cuando la he oído llamarte “papá”? No juegues la carta del dragón conmigo, Sorlain, sabes de sobra que no serías el primero contra el que me enfrente.

Maestra y dragón, cara a cara en la nieve parecían disponerse para luchar. Cada vez hablaban más alto, gritaban más fuerte, sonaban más enfadados y respiraban de forma entrecortada.

Con un rugido desgarrador, Shrilka levantó el vuelo y se tiró en picado contra la maestra del Kia.

-         Puede que te hayas enfrentado a muchos dragones, pero nunca a mí.

Sharick se envolvió en un campo de energía y saltó segundos antes de que el dragón impactara contra la superficie que antes había ocupado su cuerpo. Aun en el aire, lanzó una bola de fuego hacia las alas traseras, pero falló por muy poco. Shrilka, enfadado, alcanzó a la maestra con su cola haciéndola perder el equilibrio.

-         Srill, no me obligues a hacerte daño.

Parecía que el hecho de haber caído al suelo estaba dándole fuerzas, como si el Kia que aun residía en aquel mundo pudiera canalizarse a través de su cuerpo y adquirir forma. Así, De las manos de Sharick surgieron dos bloques de hielo pulido en forma de cañón con los que apuntó directamente a la cara del dragón.

Shrilka trató de moverse, pero el hielo bajo sus patas lo había atrapado y fue incapaz. Intentó fundirlo con su fuego, pero no parecía surtir efecto. Levantó la mirada justo a tiempo de esquivar el proyectil helado que la maestra había enviado a través de uno del cañón de su brazo derecho.

El siguiente proyectil, no obstante, no se hizo esperar, pero esta vez Shrilka no se apartó. Justo cuando éste estaba a punto de llegar a su cara, el dragón abrió la boca y se lo tragó.

-         ¿Estás loco? Es hielo puro y eres una criatura de fuego, ¡te matará! – gritó Toru que acababa de entrar en escena al escuchar tanto jaleo fuera de la cueva.
 -         No, no lo hará – añadió Mónica con una gran sonrisa.

Y así fue, frente al asombro de todos, salvo de la niña, el dragón abrió de nuevo las fauces y empezó a expulsar versiones más pequeñas del proyectil que había tragado, con una ligera modificación; ahora el hielo ocultaba en su interior una llama azul celeste.

El escudo de energía que se había colocado Sharick la libró de la mayor parte de los proyectiles, pero fue Toru quien paró el último bateándolo con una roca alargada. Cuando regresó al dragón, la llama consumió el hielo y perdió toda la fuerza, por lo que no llegó a herir su escamosa piel.

-       Siempre me ha encantado ese truco – dijo la niña – es un espectáculo precioso, ¿no crees? – añadió mirando a Toru con la cara completamente iluminada.
-      ¿Un espectáculo precioso? ¿Shrilka y Sharick han estado a punto de matarse y a ti te parece “precioso”? ¡Esto es increíble!

Por suerte, la alegría de Mónica, aunque incomprensible, había resultado útil. El dragón y la maestra del Kia habían dejado de combatir y se miraban incrédulos.

-         No… no sé qué me ha pasado
-        Yo tampoco lo sé, grandullón. Estábamos hablando y de pronto… Es como si toda la ira, el dolor y la impotencia que he estado acumulando estos días hubieran estallado contra quien más cerca estuviese.
-      Sí, yo he sentido lo mismo. Menos mal que ha sido contra una digna oponente, no creo que muchos más hubiesen aguantado el tipo como tú.
-         Lo mimo digo, Srill, lo mismo digo…

Los dos parecían cansados, nunca se habían peleado, pero siempre habían sabido que ninguno de los dos podría ganar esa batalla. Hoy eso había quedado claro. Solo faltaba concretar un último detalle; ¿qué pasaba con Mónica? ¿Y por qué sabía que el hielo puro no lo mataría, cuando ni el propio Shrilka estaba seguro de ello?


Lo dejaron pasar, por el momento, y comieron todos en silencio. Terminada la comida, Toru fue a consultar sus libros, Sharick se fue a dormir (ya que no había descansado demasiado desde la batalla con Ransrik) y en la mesa quedaron solos el dragón y la niña.

-         ¿Puedo hacerte una pregunta, pequeña?
-         Claro, papá
-         Mejor que sean dos…

La niña le miró sorprendida sin entender cuál era el problema.

-         ¿Por qué me llamas papá?
-         Eres mi padre – dijo como si fuese lo más obvio del mundo
-         ¿Desde cuando?
-         Eh... pues desde que nací, supongo
-       Siento decírtelo, pequeña, pero… no. Nunca me he considerado tu padre, más bien… tu amigo, tu compañero. Pero nunca me habías llamado padre…
-         Bueno, ya… ya lo hablaremos, supongo que el viaje a este sitio (donde quiera que sea) te ha descolocado. ¿Cuál es tu otra pregunta?

Shrilka obvió el comentario y, bajando la cabeza, preguntó lo que llevaba tanto tiempo pensando.

-         ¿Cómo sabías que..?
-         ¿Que no te mataría?

Shrilka asintió.

-         Sencillo, tal y como explicó Kana; el hielo puro creado por el Kia de una maestra al unirse con el de la tierra es una de las sustancias elementales, por lo que tiene mucho poder y podría llegar a matar a muchas de las criaturas que conocemos. Pero tú eres un dragón, esas cosas no se aplican a vosotros.
-      No lo entiendo. Es verdad que tenemos más resistencia que la mayoría de criaturas, pero no somos inmunes al Kia, nuestras escamas no nos protegen de las energías puras.
-         No, las escamas os protegen de muchas cosas, pero es vuestro Kia el que se ocupa de los ataques de energía.
-         ¿Mi Kia? Eso es imposible, yo no sé controlar el Kia.
-         Jejejejeje. Pues claro que no, no eres un maestro, ¿cómo se te ocurren esas cosas? Me refiero a la primera energía, la que creó el mundo, la que dispersó el Kia que hoy manejamos los llamados “maestros”. ¿Tampoco te acuerdas de eso?
-      No, nunca lo había pensado. Simplemente acepté que habíamos surgido los dragones al igual que lo habían hecho el resto de criaturas, solo que unos años antes.
-      Bueno, más o menos así fue. Pero al ser tan pocos, pudisteis conservar parte de esa energía dentro de vosotros. Por eso podéis controlar las sustancias elementales, al fin y al cabo provienen de la misma energía que os creó a vosotros.
-         Es curioso que tú sepas eso y no lo sepa yo.
-      Sí… muy curioso, teniendo en cuenta que fue Kana quien insistió para que me lo contaras, aunque decías que era aún muy joven para saber esas cosas.
-         No haces más que mencionar a esa tal Kana ¿quién es? ¿Una compañera de clase?
-         ¿Compañera de clase? No, es… bueno, la chamana de los Jipantinos, pero siempre está por ahí ayudando a los nuestros. No me puedo creer que no te acuerdes de ella.

Toru, en su habitación, había apartado sus libros y ahora escuchaba a escondidas la conversación.

-         ¿Kana? Sí, eso ha dicho, pero… ¿de qué conocer esta niña a mi hermana?

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